| El
nombre de los Soria está ligado al boxeo español
desde hace décadas. Desde antes de que yo fuera allí
a celebrar los cumpleaños del que es hoy Don Enrique
Soria Junior, compañero mío, de colegio primero
y de universidad después.
Yo no entiendo mucho de boxeo. Apenas
he presenciado en directo media docena de veladas en mi
vida, siempre gracias a la enorme generosidad de los Soria
y de José Valenciano. Una vez tuve la ocasión
de conocer el boxeo algo más de cerca. Fue en el
Campeonato Intercontinental W.B.O. Latino, celebrado en
Zaragoza el 12 de diciembre de 1997. En aquella ocasión
colaboré llevando a unos boxeadores de Madrid a Zaragoza,
luego eché una mano en el vestuario y después,
ya tras el combate, llevé a los boxeadores de vuelta
desde Zaragoza hasta el aeropuerto de Barajas. Aquello me
permitió conocer un poquito el boxeo por dentro.
Primero, las impresiones de los boxeadores antes del combate,
sus aspiraciones, deseos, ilusiones, expectativas. En tres
horas de Madrid a Zaragoza la conversación dio para
mucho. Y eso que nos entendíamos en un inglés
que ellos chapurreaban y que yo intentaba interpretar. Además,
mi estancia en el vestuario, junto con los púgiles
en los minutos antes de saltar al ring, me permitieron ver
de cerca el rito, la concentración del boxeador,
el respeto por el contrario... La vuelta, ya a las tantas
de la madrugada, con la victoria de unos y la derrota de
otros sentadas juntas en el asiento trasero de mi coche,
también me enseñó mucho de cómo
enfrentarse a unas y a otras, de cómo vivir ambas
con serenidad: el éxito, sin darle demasiada importancia;
el fracaso, sin dejar que nos impida seguir luchando al
día siguiente.
Aunque ajeno al mundo del boxeo, me
he dado cuenta de que los valores que mejor definen ese
deporte son: Superación, Esfuerzo, Valor y Nobleza.
Cuando alguien decide pelear en un ring
de boxeo el afán de superación es la más
nítida de las actitudes que en él se hace
presente. Superación por entrenar cada vez más
y mejor, superación por mejorar, superación
por estar cada vez más y más preparado para
el siguiente combate, superación por ganar, superación
por llegar a ser el mejor. Nada ha sido fácil para
el que está ahí arriba.
Esa superación exige un esfuerzo
permanente, un constante sacrificio. Una apuesta por uno
mismo cuya dote es el trabajo diario y no un trabajo cualquiera,
sino un trabajo duro, muy duro. Nadie que sube a un ring
lo hace sin haber pasado una largo e intenso período
de trabajo en el que el esfuerzo, hasta un límite
en que llega a ser doloroso, es el protagonista. El ejercicio
físico, la concentración mental, la serenidad
personal, hasta la dieta... todo requiere un enorme esfuerzo
personal.
Cuando la pelea va a comenzar, el valor
se puede percibir de forma tan ostentosa que se podría
tocar con las manos. La diferencia entre el cobarde, el
valiente y el suicida es aquí primordial. El cobarde
no se enfrenta si no tiene garantizadas todas las posibilidades
de éxito. El valiente se enfrenta siempre y cuando
tenga al menos una. El suicida se enfrenta, sin cabeza,
aunque no tenga ninguna posibilidad de éxito. El
boxeador es, ante todo, alguien valeroso. Si cree que hay
alguna posibilidad de ganar, aunque sea remota, pelea por
ella. El valeroso no siempre es ajeno al miedo, pero es
capaz de superarlo. Eso le distingue también del
cobarde. El cobarde está regido por sus miedos; el
más fuerte de todos ellos, el miedo a sí mismo.
El valor de alguien que sube a un ring si tiene alguna posibilidad
de ganar es algo que muchos deberíamos practicar
con más frecuencia en nuestra sociedad, una sociedad
que sólo aborda las seguridades, que sólo
da pasos sobre terrenos firmes, que no arriesga, que no
juega si no es sobre seguro.... Y no hay que equivocarse,
el boxeador lucha no tanto desde la fuerza cuanto desde
ese valor, el de quien cree que merece la pena luchar si
existe una sola posibilidad de ganar, por pequeña
que sea.
Y, por último, quiero referirme a la nobleza. Quien
no ha estado nunca cerca de un ring no se imagina el respeto
que existe entre ambos contrincantes. El propio reglamento
del boxeo ya da idea de su nobleza, pero las actitudes de
los contrincantes sobre la lona, lo encarnan definitivamente.
He visto en el boxeo como ambos contrincantes se saludan
con respeto al comienzo del combate y al inicio de cada
asalto, he visto pedir disculpas ante un golpe inapropiado,
he visto como el ganador levantaba el brazo del perdedor
en justo reconocimiento a su buena lucha, he visto al perdedor
subir a hombros al ganador... he visto muchos más
gestos de nobleza en un solo combate de boxeo que en cientos
de espectáculos deportivos de otras especialidades.
Desde tantas décadas como conozco a la familia Soria,
Senior y Junior, así como posteriormente a José
Valenciano, me he dado cuenta que todos sus miembros son
la mejor muestra de quienes encarnan esos cuatro valores
que tan bien definen el boxeo: Superación, Esfuerzo,
Nobleza y Valor. En el combate más duro, en el de
la vida, no he encontrado luchadores con tanto afán
de superación, siempre queriendo hacer las cosas
mejor, para sí mismos y para todos los que les rodean;
con tanta capacidad de esfuerzo, trabajando todos durante
toda la vida, incluso fines de semana y fiestas, sin importarles
qué día es, sino que el trabajo debe estar
terminado, y bien hecho; con tanta nobleza de pensamiento
y de acción, siempre francos en lo que dicen y siempre
coherentes con lo que hacen; y con tanto valor, que los
Soria y todo su equipo de amigos de Tundra Barceló,
son siempre capaces siempre de enfrentar cualquier reto
que deban superar (y en algunos momentos han sido retos
muy difíciles).
No han cejado jamás en su empeño,
no se han desvanecido jamás, trabajando juntos, como
una familia que es, de auténticos boxeadores de la
vida.
Doy gracias por que se hayan cruzado
en mi camino. Y las doy también por las lecciones
que de ellos he aprendido y por el modo en que me las han
enseñado.
Javier Jr.-
Doctor en Ciencias de la Educación
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