| Las
noches de boxeo son especiales. De hecho, no duran una noche,
sino que empiezan cuando los carteles que anuncian las veladas
florecen por las paredes. Y tampoco terminan cuando se apagan
las luces. Hay noches de boxeo que durarán mientras
dure la memoria de los que las presenciaron.
Son un espectáculo incomparable.
Desde la misma entrada ya se escenifica un complejo ritual
que va discriminando a los portadores de entradas que dan
acceso a la zona “vip”. El conseguir la mágica
pulsera que es un signo de distinción. Allá
se darán cita las vanidades en estado puro. La ostentación
pasea del brazo de la extravagancia. Durante los primeros
combates, los de las localidades peores se adelantan a ocupar
las mejores, en la vana esperanza de que sus moradores nunca
aparecerán. En el cuadrilátero se afanan los
aspirantes, deseosos de ascender en la escalera social del
boxeo y ocupar en el futuro uno de los combates tardíos,
quien sabe si un día lejano el combate de fondo de
la velada... Frente a ellos, otros tan aspirantes como ellos.
O peor aún, boxeadores que no supieron parar a tiempo
y se despeñan a cámara lenta por la misma
escalera por la que trabajosamente ascendieron, agarrados
morosamente a una última oportunidad, a una última
bolsa, cada vez ¡ay! más y más magra.
El boxeo es una escuela de vida. Realmente
es la vida misma condensada en pocos instantes. Suben al
ring dos perfectos ejemplares de deportista. Afinados, fuertes,
atléticos... Sufren a enfrentarse con sus miedos
tanto como con el adversario. Pero también con el
infortunio, con el dolor y con la angustia.
Algunos, unos pocos están tocados
por el dedo de Dios. Representan aquello que todos los humanos
perseguimos y nunca alcanzamos: el talento, la excelencia,
la identidad personal. Por un momento, un hombre se encarama
a la cima del mundo y a puros golpes reclama la atención
del público, masa informe, onda que viene y que va...
Como el héroe, aspira a la gloria y sufre por ella.
Como el héroe, paga su precio.
Dijo Séneca que los gladiadores
son fuertes por su talento, pero débiles por su actitud.
Salen a jugarse la vida en las atroces arenas del coliseo,
pero en las ubicuas arenas de la vida, fracasan por no saber
distinguir entre amigos y enemigos. O por no entender que
a menudo los hombres somos las dos cosas a un tiempo.
En el Boxeo no. No al mismo tiempo. Como en la Cúpula
del Trueno, “dos hombres entran y uno sale”.
El combate ritualizado en el que se ha convertido el pugilismo
encierra un velado secreto: que el entrevero de dos hombres
entre las doce cuerdas de un ring es un duelo sin cuartel,
que el fuera de combate es una muerte fingida...
Liturgia refinada hasta edulcorar este
simulacro. Dos hombres acometiéndose como fieras,
nos provocarían una repugnancia hipócrita,
condenando tal espectáculo como “inhumano”.
Mientras tanto, la velada camina a buen
paso. Esta es la Noche. La Noche de Pablo Navascués.
Unos boxeadores vienen y otros van. Los entrenadores vigilan
sus carreras y controlan sus peleas. Hoy le toca a “Teti”
Palomo, mañana a Iván, pasado mañana
a Javi Vega. En la esquina, Soria y Valenciano serán
como dos ángeles guardianes, esperando que su pupilo
cruce el bosque de lanzas del asalto para llegar sano y
salvo al rincón. Vivo todavía, no tocado por
el fuera de combate. O dolorosamente marcado. Exhausto.
Con los ojos vidriosos y la boca floja. Plomo en los puños
y barro en las zapatillas... una frágil barquichuela
a punto de naufragar.
Es curioso ver con qué desapego
contemplamos las muertes en los informativos. El sufrimiento
convertido en un espectáculo social y reglado, un
“deporte” que debe guardar el decoro de mostrar
y ocultar al mismo tiempo la vida en toda su agresiva crudeza.
El boxeador es un héroe... Pero
también un demonio. Es dueño de su habilidad,
pero cuando baja del tapiz, se mueve entre arenas movedizas.
El decoro obliga a que su agresividad, tan admirada y consentida
dentro de la jaula virtual del cuadrilátero sea ocultada
y domesticada. Soltamos a un animal al combate. Luego lo
encadenamos de nuevo...
No todos los boxeadores son salvajes
o agresivos. Muchos se ven atraídos al boxeo por
la pobreza. Algunos han pagado con severas mutilaciones
la casa en que cobijarse o el futuro de sus hijos. No importa,
cuando suben los pocos peldaños que les separan del
ring, sus razones se diluyen y se convierten una vez más
en las razones del público.
El público no cree que sufran.
No realmente. Un hombre cae, le cuentan, luego se levanta.
Hasta se abraza con su contrincante. Se lo llevan... Ya
ha desaparecido, anónimo en la anónima masa.
Virtualmente ha muerto desde que lo dejaron fuera de combate.
Otro al que olvidar. En su próximo combate probablemente
su bolsa será menor. O boxeará antes en el
orden de salida, señal de que se está despeñando,
que cae, que las fuerzas y el corazón ya no se dejan
estrujar para soportar una gota más de sufrimiento.
Pero el ganador alimentará sueños y deseos,
tanto como sus miedos ocultos o aparentes. Entre combates
desbocará su imaginación pensando en una carrera
que le llevará a la gloria. A los grandes contratos,
a la televisión, a los cinturones dorados...
Antes los boxeadores soñaban con
una larga noche en el Madison. Ahora Amaro Diallo soñará
en que llena Vista Alegre. O mejor, El Pabellón de
Deportes de la Comunidad... El sobrenombre de “Diablo”
no le pega. Amaro es fino y elástico como un leopardo
joven. Tiene algo de peso medio caribeño, como Alexis
Arguello o John John Molina. Todavía sigue evolucionando,
sin haber perdido todavía el estupor adolescente.
Su mano derecha es rápida y letal. Pero todavía
no ha sufrido. No se le ve apretar los dientes y avanzar
con la determinación suicida del boxeador maltratado.
Ante los problemas, se perfila pinturero como un bailarín.
La ceremonia del boxeo es trivial. Dos
hombres ofician el combate a muerte entre el bien y el mal.
El combate que se inicio con el alba de los tiempos y que
se repite inconsútil y inmutable en el corazón
de cada hombre. En cada instante mis deseos y mi razón,
mi materialismo y mi compasión, mi egoísmo
y mi miedo al castigo contienden por ver quién se
impone, quien empuña el timón, hacia donde
se gobierna la nave de nuestras acciones. Bajo la superficie
apacible de nuestras vidas, nuestros corazones están
en pie de guerra...
Alfonso Sánchez parece sacado
de un catálogo de estatuas de Fidias. Alto, rubio,
puramente ario, tiene la estética engañosa
de la cámara lenta en sus ejecuciones. Completo en
todo, excelente en casi nada, es un motor diesel con enorme
recorrido e infinita vocación. Persigue la perfección
con jovialidad y simpatía. Licenciado en INEF, es
peculiarmente morigerado en un mundo extremo como el boxeo
profesional.
Los antiguos griegos inventaron el deporte
para cultivar la “areté”, la virtud del
guerrero que lo transforma en héroe y por lo tanto
en merecedor de ser recordado, en inmortal.
Canta la Musa la cólera del Pélida
Aquiles... Durante nueve días su vida se despliega
en una glosario de belleza y brutalidad. Su madre le profetiza
su muerte temprana. Antes de rehuir el destino trágico,
acepta su nacimiento y busca el peligro como una inevitable
llamada de su sangre. Cruel, bestial no da cuartel a sus
enemigos ni después de muertos, arrastrando a Héctor
ante la horrorizada vista de los ciudadanos de Troya. Pero
luego, caballeroso, se deja conmover por el llanto del padre
y le entrega el cadáver después de invitarle
a comer...
Feroz y generoso. El ideal del caballero,
la demostración de la virtud, del valor personal
por las obras. La bella y la bestia... La vida salvajemente
bella. Con el tiempo, el caballero se arruinó, llegó
la burguesía y la “areté” desapareció
arrollada por el oro codicioso. Tanto tienes, tanto vales.
Esa es la nueva virtud, todavía sanguinaria, pero
ya no generosa y si infatuada.
En la soledad del rincón, Soria
y Valencia, Valenciano y Soria, tanto monta, vigilarán
que sus chicos se porten como caballeros, que saluden, que
se muestren generosos y cedan el paso al rival. Que lo feliciten
después del combate, mucho más si han sido
ellos los que han ganado y el otro ha sufrido. Y que no
olviden al árbitro, que no lo falten al respeto,
que demuestre su perfecta educación como deportistas
y hombres... El atleta como último refugio del caballero.
No acierto a explicar cómo dos hombres cultos y preparados
entregan su talento a una pasión tan destructiva.
La explicación radicará seguro en el vértice
del triángulo: Enrique Soria señor, el patriarca,
el señor de las esencias. Nada en el boxeo le es
ajeno, ni siquiera lo abyecto o miserable es rechazado por
él. Desde su atalaya del pasado, vigila como pasan
las estrellitas emergentes, que hoy se creen alguien y mañana
ya no son nada. Sombra y niebla. Vanidad.
La noche avanza. El tiempo gotea denso
como mercurio amalgamado de adrenalina. Las filas de delante
se han ido llenando, expulsando a los advenedizos que osaron
usurparlas. Algún Alcalde, famosos de “talk
show”, pseudo-famosillos ayer inolvidables y mañana
ya amortizados. Se miran unos a otros, se buscan, se saludan
con efusión, palmeando las espaldas de gimnasio y
besuqueandose con profusión de morritos, mamolas
y carantoñas. Ropa de diseño, pelucos de oro,
tetas operadas... En las filas oscuras se sienta don José
Durán, Campeón del Mundo. Silencioso y rotundo
como un Buda de duro marfil. Nunca sabrá lo que le
admiro. Su poster de campeón del mundo, editado por
el “As” en los lejanos setenta me acompañó
de los doce a los veinte años. Nadie lo saluda. Anónimo,
ni aparentemente rico ni glamouroso, no les importa a los
de delante. ¡Oh, Flor de la Aristocracia! ¿Qué
fue del antiguo caballero que despreciaba el oro por vil?
Ahora eres medida de todas las cosas. Entretanto, la brisa
se torna en hosco viento, anunciando que se acerca la hora
del Huracán.
Alejandro Lacatus parece un gladiador.
Es el prototipo de boxeador, su expresión canónica.
Alto, duro, pegador... Su físico es impresionante.
Su nariz parece modelada por una hormigonera. Algo de antiguo
y primordial desprende en sus gestos. Los antiguos Celtas
se disfrazaban de lobos y osos, imitaban sus mínimos
gestos. Se convertían en los “bersekir”,
que significa “con envoltura de oso”. Con el
tiempo, el término evolucionó para denominar
sólo a los guerreros más poderosos. También
dio lugar al mito del hombre-lobo, pues los guerreros así
ataviados no imitaban a los animales a los que copiaban.
Intima y secretamente se creían ellos y actuaban
como tales. Hay algo profundamente indefinible, melancólico
y oscuro en la mirada de Lacatus. Algo tan indescifrable
como el laberinto de cicatrices de su cuerpo.
Dar sentido a ese instinto primario exige
talento y dedicación. Enrique Soria Junior es listo
y raudo de pensamiento, como Hermes alado tiene la elocuencia
de su parte. Tiene hechuras de príncipe renacentista,
algo ateo y socarrón. Como contrapunto, José
Valenciano es alto y elegante, profundamente melancólico,
como pintado por el Greco. Han logrado entregarse al delirio
del Boxeo con la mayor seriedad, porque ganar o perder son
cara y cruz de la misma moneda y la suerte hoy esquiva,
mañana se pondrá a tus pies. Mientras tanto
persiguen un ideal: sacar al campeón perfecto. Aquel
en el que no se ha fijado nadie, pero que posee un don en
su interior. Dijo Cus D’Amato que él veía
una chispa en un muchacho y la soplaba hasta que la volvía
un incendio. Imagino íntimamente cuanto debe descorazonar
que ese incendio posteriormente te abandone, infatuado por
la adulación engañosa. No importa, otro vendrá.
Nada se parece tanto a un guerrero como otro guerrero.
Sin embargo, algunos son extrañamente
lunares, nostálgicos e inconstantes. Miguel Mallón
es rápido y voluntariosamente atlético. Lleva
del cuello una reproducción de “Mjörnill”,
el martillo del trueno del dios “Thor”. Entre
los germánicos, representaba al dios tutelar de los
“fremen”, los hombres libres, pero que no poseían
tierras ni riquezas y por lo tanto vendían su fiereza
como mercenarios al mejor postor. Se agrupaban bajo un Jefe
carismático que los conducía como manadas
de osos y lobos a la caza de botín. Adoraban a “Lunasa”,
la Luna llena con devoción e imagino que con miedo.
Así es Miguel Mallón, fiero y lunar. Mallón
significa “gran martillo”. No deja de ser una
elegante paradoja.
Todos ellos y otros que la memoria atesora
son grandes boxeadores, valientes y aguerridos. Todos son
espectaculares. Todos han sido moldeados por las mismas
manos. Todos son Campeones. Pero desgraciadamente no basta.
Siendo mucho, todavía no es suficiente.
¿Qué falta? En toda tragedia,
los dioses castigan al héroe, que expía su
pecado y alcanza la purificación. No vale con ser
bueno. Hay que haber probado la caída y volverse
a levantar. Muhammad Alí en Mombasa, George Foreman
en su retorno, Jackie Johnson... Me faltaría siempre
nombres para reflejar cómo los más grandes
entre los grandes se volvieron leyendas cuando se concedieron
una segunda oportunidad. Cuando del sacrificio y del sufrimiento
extrajeron grandeza. Cuando después de perderlo todo,
volvieron a la lucha.
Pablo Navascués es como un imán.
Es imposible mantenerte cerca y que no te atrape su encanto.
Generoso y amigable, va despertando entusiasmo a su lado.
Como boxeador tiene un físico envidiable, de brazos
y piernas estilizadas y un extraño tórax con
quilla de pollo que guarda un motor a reacción. Suele
salir de morado y amarillo y allá arriba luce entero
y desafiante como un fino gallo de pelea. Su pegada es legendaria.
Sueña como un portazo batiente al estallar sobre
el contrario. Los efectos son igual de demoledores. Cuando
pilla de lleno, el contrincante está dormido antes
de caer. Pero su exhuberancia está sabiamente domada
por Jose Valenciano. Desde la esquina, como la lechuza de
la sabiduría vigila que Pablo no se abra, que gane
el centro, que no pierda la concentración. Como lo
son en la vida, Pablo es su prolongación en el cuadrilátero.
La melancolía de Valenciano se enciende con el vitalismo
de Pablo y extrae su brillo más sublime. Pero ni
siquiera la pegada o el talento es lo que hacen a Pablo
tan excepcional.
El público chisporrotea y se enciende.
Suena el “Hurricane” de Bob Dylan. Los cañores
de serpentinas velan momentáneamente los focos mientras
se desborda la pasión. Lleven a las mujeres y a los
niños al refugio, ha llegado el Huracán.
La idea del nombre fue de Soria Senior,
en remedo de Ruby “Hurricane” Carter. Pero el
nombre encierra mucho más. Pablo ciertamente es un
huracán. Como Aquiles, su furia amenaza desbordarse
y no teme a nada ni a nadie. Pero es espléndido como
un patricio romano. Su vida y su tiempo son para sus amigos.
Su mirada irradia generosidad.
Su vida fue una colección de despropósitos.
Entendía que la gloria era ser joven y autodestructivo,
saltarse las reglas y vivir a impulsos del deseo desbocado.
La propia vida lo corrigió y se precipitó
desde su cielo ilusorio. Caído pero no abatido. Como
Ulises volvió de la muerte y peregrino hasta llegar
a su Itaca y a su reina. Como Dante en el Infierno, tuvo
su Virgilio en Jose Valenciano. En los Soria encontró
confianza y comprensión. Esta noche Pablo vuelve
de las brumas del pasado para conjurar a sus fantasmas y
librarse de ellos. Nunca más...
Canta Musa la cólera del pélida
Aquiles. Una noche más Pablo levantó los brazos.
Una noche más ciñó el cinturón
dorado de la gloria. Antes a los campeones los coronaban
de laurel y mirto. Lástima de tiempos y de costumbres.
El público enloqueció por Pablo. En el instante
fragoroso del éxtasis, el público fue íntimamente
Pablo Navascués. Y Pablo fue todos y fue nadie...
Desfilamos hacia la escalera. La liturgia
ya acabó. Todos tienen prisa por escapar del atasco.
Camino rápido. Corre el viento filoso que viene de
la sierra. Ando pisando pasquines de propaganda de la próxima
velada. Recuerdan otra noche inolvidable y que pronto será
olvidada...
¿O no? Me paro un instante mirando
al cielo. Bailan en mi cabeza los momentos vividos, la gloria
y la miseria danzando juntas en íntima unión,
la vida en su esencia, condensada en las últimas
tres horas. El valor, el honor, la virtud. El dinero, la
ostentación y la vanidad. Todos moldeados en el mismo
barro. Todos traspasados por la verdad absoluta de dos hombre
que suben al micro-mundo de las doce cuerdas y se pegan
pero no se odian. Estoy saciado. Por un momento han sido
conjurados nuestros miedos y superada nuestra voluntad.
El mundo puede seguir girando. Como en el Martín
Fierro, “lo pasado ya pasó/ mañana será
otro día”.
Ignacio del Moral.-
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