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LOS HIJOS DE UN REY ANÓNIMO (por Ignacio del Moral)
A Enrique Soria, el Emperador, a Enrique Soria Junior, el Heredero, a José Valenciano, el Maestro... Y sobre todo a Pablo Navascués, el hijo pródigo.

 

Las noches de boxeo son especiales. De hecho, no duran una noche, sino que empiezan cuando los carteles que anuncian las veladas florecen por las paredes. Y tampoco terminan cuando se apagan las luces. Hay noches de boxeo que durarán mientras dure la memoria de los que las presenciaron.

Son un espectáculo incomparable. Desde la misma entrada ya se escenifica un complejo ritual que va discriminando a los portadores de entradas que dan acceso a la zona “vip”. El conseguir la mágica pulsera que es un signo de distinción. Allá se darán cita las vanidades en estado puro. La ostentación pasea del brazo de la extravagancia. Durante los primeros combates, los de las localidades peores se adelantan a ocupar las mejores, en la vana esperanza de que sus moradores nunca aparecerán. En el cuadrilátero se afanan los aspirantes, deseosos de ascender en la escalera social del boxeo y ocupar en el futuro uno de los combates tardíos, quien sabe si un día lejano el combate de fondo de la velada... Frente a ellos, otros tan aspirantes como ellos. O peor aún, boxeadores que no supieron parar a tiempo y se despeñan a cámara lenta por la misma escalera por la que trabajosamente ascendieron, agarrados morosamente a una última oportunidad, a una última bolsa, cada vez ¡ay! más y más magra.

El boxeo es una escuela de vida. Realmente es la vida misma condensada en pocos instantes. Suben al ring dos perfectos ejemplares de deportista. Afinados, fuertes, atléticos... Sufren a enfrentarse con sus miedos tanto como con el adversario. Pero también con el infortunio, con el dolor y con la angustia.

Algunos, unos pocos están tocados por el dedo de Dios. Representan aquello que todos los humanos perseguimos y nunca alcanzamos: el talento, la excelencia, la identidad personal. Por un momento, un hombre se encarama a la cima del mundo y a puros golpes reclama la atención del público, masa informe, onda que viene y que va... Como el héroe, aspira a la gloria y sufre por ella. Como el héroe, paga su precio.

Dijo Séneca que los gladiadores son fuertes por su talento, pero débiles por su actitud. Salen a jugarse la vida en las atroces arenas del coliseo, pero en las ubicuas arenas de la vida, fracasan por no saber distinguir entre amigos y enemigos. O por no entender que a menudo los hombres somos las dos cosas a un tiempo.
En el Boxeo no. No al mismo tiempo. Como en la Cúpula del Trueno, “dos hombres entran y uno sale”. El combate ritualizado en el que se ha convertido el pugilismo encierra un velado secreto: que el entrevero de dos hombres entre las doce cuerdas de un ring es un duelo sin cuartel, que el fuera de combate es una muerte fingida...

Liturgia refinada hasta edulcorar este simulacro. Dos hombres acometiéndose como fieras, nos provocarían una repugnancia hipócrita, condenando tal espectáculo como “inhumano”.

Mientras tanto, la velada camina a buen paso. Esta es la Noche. La Noche de Pablo Navascués. Unos boxeadores vienen y otros van. Los entrenadores vigilan sus carreras y controlan sus peleas. Hoy le toca a “Teti” Palomo, mañana a Iván, pasado mañana a Javi Vega. En la esquina, Soria y Valenciano serán como dos ángeles guardianes, esperando que su pupilo cruce el bosque de lanzas del asalto para llegar sano y salvo al rincón. Vivo todavía, no tocado por el fuera de combate. O dolorosamente marcado. Exhausto. Con los ojos vidriosos y la boca floja. Plomo en los puños y barro en las zapatillas... una frágil barquichuela a punto de naufragar.

Es curioso ver con qué desapego contemplamos las muertes en los informativos. El sufrimiento convertido en un espectáculo social y reglado, un “deporte” que debe guardar el decoro de mostrar y ocultar al mismo tiempo la vida en toda su agresiva crudeza.

El boxeador es un héroe... Pero también un demonio. Es dueño de su habilidad, pero cuando baja del tapiz, se mueve entre arenas movedizas. El decoro obliga a que su agresividad, tan admirada y consentida dentro de la jaula virtual del cuadrilátero sea ocultada y domesticada. Soltamos a un animal al combate. Luego lo encadenamos de nuevo...

No todos los boxeadores son salvajes o agresivos. Muchos se ven atraídos al boxeo por la pobreza. Algunos han pagado con severas mutilaciones la casa en que cobijarse o el futuro de sus hijos. No importa, cuando suben los pocos peldaños que les separan del ring, sus razones se diluyen y se convierten una vez más en las razones del público.

El público no cree que sufran. No realmente. Un hombre cae, le cuentan, luego se levanta. Hasta se abraza con su contrincante. Se lo llevan... Ya ha desaparecido, anónimo en la anónima masa. Virtualmente ha muerto desde que lo dejaron fuera de combate. Otro al que olvidar. En su próximo combate probablemente su bolsa será menor. O boxeará antes en el orden de salida, señal de que se está despeñando, que cae, que las fuerzas y el corazón ya no se dejan estrujar para soportar una gota más de sufrimiento.
Pero el ganador alimentará sueños y deseos, tanto como sus miedos ocultos o aparentes. Entre combates desbocará su imaginación pensando en una carrera que le llevará a la gloria. A los grandes contratos, a la televisión, a los cinturones dorados...

Antes los boxeadores soñaban con una larga noche en el Madison. Ahora Amaro Diallo soñará en que llena Vista Alegre. O mejor, El Pabellón de Deportes de la Comunidad... El sobrenombre de “Diablo” no le pega. Amaro es fino y elástico como un leopardo joven. Tiene algo de peso medio caribeño, como Alexis Arguello o John John Molina. Todavía sigue evolucionando, sin haber perdido todavía el estupor adolescente. Su mano derecha es rápida y letal. Pero todavía no ha sufrido. No se le ve apretar los dientes y avanzar con la determinación suicida del boxeador maltratado. Ante los problemas, se perfila pinturero como un bailarín.

La ceremonia del boxeo es trivial. Dos hombres ofician el combate a muerte entre el bien y el mal. El combate que se inicio con el alba de los tiempos y que se repite inconsútil y inmutable en el corazón de cada hombre. En cada instante mis deseos y mi razón, mi materialismo y mi compasión, mi egoísmo y mi miedo al castigo contienden por ver quién se impone, quien empuña el timón, hacia donde se gobierna la nave de nuestras acciones. Bajo la superficie apacible de nuestras vidas, nuestros corazones están en pie de guerra...

Alfonso Sánchez parece sacado de un catálogo de estatuas de Fidias. Alto, rubio, puramente ario, tiene la estética engañosa de la cámara lenta en sus ejecuciones. Completo en todo, excelente en casi nada, es un motor diesel con enorme recorrido e infinita vocación. Persigue la perfección con jovialidad y simpatía. Licenciado en INEF, es peculiarmente morigerado en un mundo extremo como el boxeo profesional.

Los antiguos griegos inventaron el deporte para cultivar la “areté”, la virtud del guerrero que lo transforma en héroe y por lo tanto en merecedor de ser recordado, en inmortal.

Canta la Musa la cólera del Pélida Aquiles... Durante nueve días su vida se despliega en una glosario de belleza y brutalidad. Su madre le profetiza su muerte temprana. Antes de rehuir el destino trágico, acepta su nacimiento y busca el peligro como una inevitable llamada de su sangre. Cruel, bestial no da cuartel a sus enemigos ni después de muertos, arrastrando a Héctor ante la horrorizada vista de los ciudadanos de Troya. Pero luego, caballeroso, se deja conmover por el llanto del padre y le entrega el cadáver después de invitarle a comer...

Feroz y generoso. El ideal del caballero, la demostración de la virtud, del valor personal por las obras. La bella y la bestia... La vida salvajemente bella. Con el tiempo, el caballero se arruinó, llegó la burguesía y la “areté” desapareció arrollada por el oro codicioso. Tanto tienes, tanto vales. Esa es la nueva virtud, todavía sanguinaria, pero ya no generosa y si infatuada.

En la soledad del rincón, Soria y Valencia, Valenciano y Soria, tanto monta, vigilarán que sus chicos se porten como caballeros, que saluden, que se muestren generosos y cedan el paso al rival. Que lo feliciten después del combate, mucho más si han sido ellos los que han ganado y el otro ha sufrido. Y que no olviden al árbitro, que no lo falten al respeto, que demuestre su perfecta educación como deportistas y hombres... El atleta como último refugio del caballero. No acierto a explicar cómo dos hombres cultos y preparados entregan su talento a una pasión tan destructiva. La explicación radicará seguro en el vértice del triángulo: Enrique Soria señor, el patriarca, el señor de las esencias. Nada en el boxeo le es ajeno, ni siquiera lo abyecto o miserable es rechazado por él. Desde su atalaya del pasado, vigila como pasan las estrellitas emergentes, que hoy se creen alguien y mañana ya no son nada. Sombra y niebla. Vanidad.

La noche avanza. El tiempo gotea denso como mercurio amalgamado de adrenalina. Las filas de delante se han ido llenando, expulsando a los advenedizos que osaron usurparlas. Algún Alcalde, famosos de “talk show”, pseudo-famosillos ayer inolvidables y mañana ya amortizados. Se miran unos a otros, se buscan, se saludan con efusión, palmeando las espaldas de gimnasio y besuqueandose con profusión de morritos, mamolas y carantoñas. Ropa de diseño, pelucos de oro, tetas operadas... En las filas oscuras se sienta don José Durán, Campeón del Mundo. Silencioso y rotundo como un Buda de duro marfil. Nunca sabrá lo que le admiro. Su poster de campeón del mundo, editado por el “As” en los lejanos setenta me acompañó de los doce a los veinte años. Nadie lo saluda. Anónimo, ni aparentemente rico ni glamouroso, no les importa a los de delante. ¡Oh, Flor de la Aristocracia! ¿Qué fue del antiguo caballero que despreciaba el oro por vil? Ahora eres medida de todas las cosas. Entretanto, la brisa se torna en hosco viento, anunciando que se acerca la hora del Huracán.

Alejandro Lacatus parece un gladiador. Es el prototipo de boxeador, su expresión canónica. Alto, duro, pegador... Su físico es impresionante. Su nariz parece modelada por una hormigonera. Algo de antiguo y primordial desprende en sus gestos. Los antiguos Celtas se disfrazaban de lobos y osos, imitaban sus mínimos gestos. Se convertían en los “bersekir”, que significa “con envoltura de oso”. Con el tiempo, el término evolucionó para denominar sólo a los guerreros más poderosos. También dio lugar al mito del hombre-lobo, pues los guerreros así ataviados no imitaban a los animales a los que copiaban. Intima y secretamente se creían ellos y actuaban como tales. Hay algo profundamente indefinible, melancólico y oscuro en la mirada de Lacatus. Algo tan indescifrable como el laberinto de cicatrices de su cuerpo.

Dar sentido a ese instinto primario exige talento y dedicación. Enrique Soria Junior es listo y raudo de pensamiento, como Hermes alado tiene la elocuencia de su parte. Tiene hechuras de príncipe renacentista, algo ateo y socarrón. Como contrapunto, José Valenciano es alto y elegante, profundamente melancólico, como pintado por el Greco. Han logrado entregarse al delirio del Boxeo con la mayor seriedad, porque ganar o perder son cara y cruz de la misma moneda y la suerte hoy esquiva, mañana se pondrá a tus pies. Mientras tanto persiguen un ideal: sacar al campeón perfecto. Aquel en el que no se ha fijado nadie, pero que posee un don en su interior. Dijo Cus D’Amato que él veía una chispa en un muchacho y la soplaba hasta que la volvía un incendio. Imagino íntimamente cuanto debe descorazonar que ese incendio posteriormente te abandone, infatuado por la adulación engañosa. No importa, otro vendrá. Nada se parece tanto a un guerrero como otro guerrero.

Sin embargo, algunos son extrañamente lunares, nostálgicos e inconstantes. Miguel Mallón es rápido y voluntariosamente atlético. Lleva del cuello una reproducción de “Mjörnill”, el martillo del trueno del dios “Thor”. Entre los germánicos, representaba al dios tutelar de los “fremen”, los hombres libres, pero que no poseían tierras ni riquezas y por lo tanto vendían su fiereza como mercenarios al mejor postor. Se agrupaban bajo un Jefe carismático que los conducía como manadas de osos y lobos a la caza de botín. Adoraban a “Lunasa”, la Luna llena con devoción e imagino que con miedo. Así es Miguel Mallón, fiero y lunar. Mallón significa “gran martillo”. No deja de ser una elegante paradoja.

Todos ellos y otros que la memoria atesora son grandes boxeadores, valientes y aguerridos. Todos son espectaculares. Todos han sido moldeados por las mismas manos. Todos son Campeones. Pero desgraciadamente no basta. Siendo mucho, todavía no es suficiente.

¿Qué falta? En toda tragedia, los dioses castigan al héroe, que expía su pecado y alcanza la purificación. No vale con ser bueno. Hay que haber probado la caída y volverse a levantar. Muhammad Alí en Mombasa, George Foreman en su retorno, Jackie Johnson... Me faltaría siempre nombres para reflejar cómo los más grandes entre los grandes se volvieron leyendas cuando se concedieron una segunda oportunidad. Cuando del sacrificio y del sufrimiento extrajeron grandeza. Cuando después de perderlo todo, volvieron a la lucha.

Pablo Navascués es como un imán. Es imposible mantenerte cerca y que no te atrape su encanto. Generoso y amigable, va despertando entusiasmo a su lado. Como boxeador tiene un físico envidiable, de brazos y piernas estilizadas y un extraño tórax con quilla de pollo que guarda un motor a reacción. Suele salir de morado y amarillo y allá arriba luce entero y desafiante como un fino gallo de pelea. Su pegada es legendaria. Sueña como un portazo batiente al estallar sobre el contrario. Los efectos son igual de demoledores. Cuando pilla de lleno, el contrincante está dormido antes de caer. Pero su exhuberancia está sabiamente domada por Jose Valenciano. Desde la esquina, como la lechuza de la sabiduría vigila que Pablo no se abra, que gane el centro, que no pierda la concentración. Como lo son en la vida, Pablo es su prolongación en el cuadrilátero. La melancolía de Valenciano se enciende con el vitalismo de Pablo y extrae su brillo más sublime. Pero ni siquiera la pegada o el talento es lo que hacen a Pablo tan excepcional.

El público chisporrotea y se enciende. Suena el “Hurricane” de Bob Dylan. Los cañores de serpentinas velan momentáneamente los focos mientras se desborda la pasión. Lleven a las mujeres y a los niños al refugio, ha llegado el Huracán.

La idea del nombre fue de Soria Senior, en remedo de Ruby “Hurricane” Carter. Pero el nombre encierra mucho más. Pablo ciertamente es un huracán. Como Aquiles, su furia amenaza desbordarse y no teme a nada ni a nadie. Pero es espléndido como un patricio romano. Su vida y su tiempo son para sus amigos. Su mirada irradia generosidad.

Su vida fue una colección de despropósitos. Entendía que la gloria era ser joven y autodestructivo, saltarse las reglas y vivir a impulsos del deseo desbocado. La propia vida lo corrigió y se precipitó desde su cielo ilusorio. Caído pero no abatido. Como Ulises volvió de la muerte y peregrino hasta llegar a su Itaca y a su reina. Como Dante en el Infierno, tuvo su Virgilio en Jose Valenciano. En los Soria encontró confianza y comprensión. Esta noche Pablo vuelve de las brumas del pasado para conjurar a sus fantasmas y librarse de ellos. Nunca más...

Canta Musa la cólera del pélida Aquiles. Una noche más Pablo levantó los brazos. Una noche más ciñó el cinturón dorado de la gloria. Antes a los campeones los coronaban de laurel y mirto. Lástima de tiempos y de costumbres. El público enloqueció por Pablo. En el instante fragoroso del éxtasis, el público fue íntimamente Pablo Navascués. Y Pablo fue todos y fue nadie...

Desfilamos hacia la escalera. La liturgia ya acabó. Todos tienen prisa por escapar del atasco. Camino rápido. Corre el viento filoso que viene de la sierra. Ando pisando pasquines de propaganda de la próxima velada. Recuerdan otra noche inolvidable y que pronto será olvidada...

¿O no? Me paro un instante mirando al cielo. Bailan en mi cabeza los momentos vividos, la gloria y la miseria danzando juntas en íntima unión, la vida en su esencia, condensada en las últimas tres horas. El valor, el honor, la virtud. El dinero, la ostentación y la vanidad. Todos moldeados en el mismo barro. Todos traspasados por la verdad absoluta de dos hombre que suben al micro-mundo de las doce cuerdas y se pegan pero no se odian. Estoy saciado. Por un momento han sido conjurados nuestros miedos y superada nuestra voluntad. El mundo puede seguir girando. Como en el Martín Fierro, “lo pasado ya pasó/ mañana será otro día”.

Ignacio del Moral.-

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LO SIENTO
Los sentimientos de algunos de los muchos amantes del boxeo
EN IMÁGENES
Velada de Karlsruhe (Alemanía)
10-09-2005
   
ENTREVISTA
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"Nuevo Calendario y fechas de combates para este año ya en sección veladas"